Existen
mil formas de vivir un viaje, de hacer turismo, de visitar
las ciudades, de contemplar los paisajes…, aunque
ninguna se le parece a disfrutar del mundo a vista de halcón.
Toda una aventura que sabemos donde comienza, en Antequera,
pero no donde termina.
En
contra de lo que habitualmente se piensa, volar en globo
es muy seguro y no existen movimientos de ningún
tipo a bordo de la cesta. Es el método más
antiguo que ha utilizado el hombre para surcar el cielo
y no ha sufrido evolución alguna en los elementos
que componen un globo aerostático, una cesta de transporte
hecha de mimbre anclada con cables a una vela hinchable
(globo) y quemadores para calentar el aire, lo que permite
ascender o descender y así ‘navegar’
al son de una corriente de aire. Cuando le preguntamos a
Santiago Valle —piloto aerostático con más
de 800 horas de vuelo— hacia dónde nos dirigimos,
sonríe y nos dice con mucha tranquilidad: “Donde
nos lleve el viento…” Y es que en un viaje en
globo se sabe de donde se parte, pero no el lugar donde
se aterriza ya que el globo entra en las corrientes de aire
y viajamos a la velocidad del viento, pudiendo sólo
subir o bajar para así embarcarnos en otra corriente
de aire y que puede ir en otro sentido. En todo momento,
Santi se comunica por radio con un compañero en tierra
que nos sigue con el vehículo de recogida. A bordo,
la tecnología sí es más avanzada que
el primer vuelo tripulado en globo de 1783, contamos con
un GPS, una brújula, un velocímetro y un altímetro;
todo está bajo control y la meteorología es
muy favorable —si no, no estaríamos volando—,
nos asegura con firmeza. “Hay un dicho en aerostación
que lo dice todo: es preferible estar en tierra con ganas
de volar, que estar en el aire con ganas de estar en tierra”.
En
esta ocasión, sobrevolamos la Llanura de Antequera,
un gran valle de unos 50 Km. que nos permite otear los simétricos
campos de olivos que se convierten en un horizonte moteado
hecho con tiralíneas, las extensiones de cereales
de un intenso verde y surcos de tractor que contrastan con
los ocres de los terrenos en barbecho. Dejamos atrás,
empotrada contra una cresta de roca, la monumentalidad de
Antequera y en un lado, la célebre Peña de
los Enamorados; al oeste, Fuente de Piedra y su laguna natural,
temporal aposento de los flamencos rosados; al este, el
pueblo de Alameda, lugar donde está la tumba del
más famoso bandolero español, José
Pelagio Hinojosa, alias José María ‘El
Tempranillo’. —“Ya estamos a 100 m. de
altitud”— nos comenta Santi, pero lo cierto
es que no hemos notado nada; no hay viento, no hay movimientos…,
sólo se escuchan los quemadores de forma intermitente
que nos llevan a las autopistas del cielo sin demora.
“Ahora
vamos a 20 km/h. de desplazamiento” —nos informa
nuestro diestro capitán de vuelo—, pero seguimos
sin notar nada; bueno sí, una serenidad plena, casi
mística y que crece conforme ascendemos más
y más. El globo —la vela, en el argot aerostático—
dibuja una espiral amarilla sobre nuestras cabezas y nos
situamos a la altitud y velocidad de crucero, unos 350 m.
sobre el suelo y entre 20 y 25 km/h en horizontal. Un globo
de propano es capaz de alcanzar más de 10.000 m.
de altitud, pero a esa estratosférica altura necesitamos
ir equipados con bombonas de oxígeno para no desfallecer
y ropa de abrigo especial. Esos parámetros se pueden
alcanzar en competiciones, donde Glovento Sur —empresa
que nos brinda esta oportunidad — ha participado en
circuitos como la Copa del Rey, Campeonato de España
o Campeonato de Europa de aerostación.

IRSE
DE COPAS
Cuando
hemos subido al límite que nos hemos marcado en nuestra
ruta, nuestro piloto deja de insuflarle aire caliente a
la vela. Comenzamos nuestro descenso. El globo pierde presión
y es cuando notamos una ligera brisa y es que estamos atravesando
en nuestro descenso las corrientes de aire que están
bajo nuestros pies. Santi vuelve a encender los quemadores
y el globo regresa a su estado semicircular. “Ahora
nos vamos a ir de copas” —nos anuncia—,
lo que significa volar a ras de las copas de los árboles.
A medida que nos acercamos a esos bares imaginarios, los
precisos golpes de gas nos acercan más y más
a los olivos que antes hemos contemplado desde arriba como
pequeños arbustos. Las liebres huyen despavoridas
ante el sonido de los quemadores y la presencia del artefacto.
Pronto notamos en el mimbre el roce con esos árboles
de donde se extrae el ‘oro verde’ y más
adelante descendemos aún más, volando a escasos
centímetros de la tierra, rozando algunos arbustos
silvestres. De repente, volvemos a ascender, pero desgraciadamente
nuestra aventura llega a su fin. Santi se comunica con su
compañero de tierra y le informa de la posición
en la que nos encontramos y el lugar probable del aterrizaje.
—Vamos a tomar tierra cerca de Alameda, entre un campo
de olivos y un sembrado—. Un vaivén en la improvisada
cabina nos anuncia que la experiencia se ha acabado, pero
sin duda, ha sido inolvidable.
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