Las
tierras del Valle de Abdalajís están casi
totalmente rodeadas por el extenso municipio de Antequera,
y sólo una pequeña parte de ellas –en realidad
un estrecho corredor- se abre al Valle del Guadalhorce.
La sierra, que toma el nombre del pueblo, se erige, imponente,
detrás del caserío de la villa, que queda
resguardado por una formidable pared caliza, mientras que
en el lado opuesto el paisaje se torna mucho más
amable y queda resuelto en suaves lomas en las que abundan
el olivar y el cereal. Por este territorio discurre el arroyo
de las Piedras, entre fértiles huertas que anuncian
la proximidad del Valle del Guadalhorce.
La
situación geográfica de este municipio, a
caballo entre el Valle del Guadalhorce -la vía natural
por la que muchas zonas del interior se comunican con el
mar y con la propia capital de la provincia- y la depresión
de Antequera -imprescindible nudo de comunicaciones entre
la Baja y Alta Andalucía-, ha convertido al Valle
de Abdalajís en un paso preferente desde que el hombre
empezó a deambular por estas tierras, y así,
son muy numerosos los vestigios prehistóricos encontrados
en la zona (hachas de piedra, útiles de sílex
y cerámicas).
Más tarde, íberos, celtas, helenos, púnicos
y romanos también dejaron su impronta en este territorio.
Está constatada la existencia de una población
ibérica, que entraría en contacto con fenicios
y púnicos, como bien puede deducirse del estudio
de los yacimientos del Cuero del Castillo y del Nacimiento,
donde han sido hallados fragmentos de cerámica griega
del siglo V a.C. De gran interés es también
el yacimiento del Cerro Pelao, que algún historiador
lo relaciona con las Torres de Aníbal. Una estatuilla
de Deméter, diosa de la agricultura, realizada en
terracota, un bajorrelieve con la imagen de un toro (hoy
destruido), y, sobre todo, la ‘Dama oferente de Abdalajís’
(siglos III-II a.C), son excelentes muestras del arte ibérico
prerromano localizadas en este municipio.
Los
trabajos arqueológicos han hecho aflorar datos suficientes
como para establecer que en el lugar que actualmente ocupa
el pueblo se levantaba la ciudad romana de Nescania, declarada
Municipium Flavium en el año 70 d.C., en tiempos
de Vespasiano. Además, unos 25 epígrafes hallados
en las excavaciones aportan datos sobre la vida social de
Nescania en aquella época. Uno de estos epígrafes,
dedicado a Júpiter, puede probar en cierto modo la
existencia de un templo dedicado a este dios; la Peana –a
la que más tarde nos referiremos- está dedicada
a Trajano, y otra de las epigrafías hace referencia
a Séneca. Algunas fuentes hablan de al menos 15 estatuas
ubicadas en Nescania, entre las que cabe destacar las de
Séneca, Trajano y un Baco que se encuentra en el
Museo Arqueológico Provincial de Málaga.
La invasión por parte de los vándalos en el
siglo IV arrasó la ciudad romana y la zona quedó
despoblada hasta la llegada de los árabes, a quienes
el pueblo le debe su actual nombre, que proviene de Abd-el-Aziz,
hijo de Muza, el primer mahometano que se instaló
en estos pagos. Es curioso el hecho de que durante el prolongado
tiempo de permanencia de los árabes en esta zona
(699 años) no surgiera ningún núcleo
urbano que aglutinara cierto número de habitantes.
La población musulmana vivía dispersa en huertas
y cortijos, y la única construcción importante
de aquella época fue el castillo de Hinz-Almara,
construido sobre los restos de un poblado ibérico
y que formaba parte del cinturón defensivo de Antequera.
De esta fortaleza apenas si quedan hoy algunas piedras.
Los
orígenes del pueblo actual arrancan en el siglo XVI,
cuando, tras las primeras cesiones de terrenos en virtud
de los repartimientos inmediatamente posteriores a la conquista
cristiana y a la expulsión de los moriscos, las tierras
del Valle de Abdalajís van a parar a manos de Alfonso
Pérez de Padilla y Corbos, cuyos descendientes gobernaron
la villa hasta 1811 (Cortes de Cádiz). Pero la política
de los señoríos no sería abolida realmente
hasta 1833, fecha en que el último Conde de los Corbos
pasa a ser un ciudadano más, aunque con grandes cantidades
de tierras en propiedad.
Visitas
Destacadas:
La zona alta del pueblo, la más antigua, conserva
todavía un trazado de reminiscencias árabes,
y es aquí donde el visitante puede encontrar, en
la Antigua Posada, ubicada en la calle Real, el más
característico ejemplo de la arquitectura típica
del municipio. Se trata de un caserón del siglo XVI,
bien restaurado, considerado como una de las primeras casas
que conformaron el núcleo original del pueblo.
El Palacio de los Condes de Corbos, del siglo XVI, presenta
una típica estructura solariega y se encuentra en
buen estado de conservación. En su interior alberga
todos los elementos ornamentales y decorativos que pertenecieron
al sexto Conde de Corbos, Isidro Mesías de Vargas.
Las
obras de la iglesia de San Lorenzo finalizaron en 1599.
El templo consta de tres naves y su interior está
repleto de imágenes por las que los vallesteros muestra
una gran devoción (la Virgen de los Dolores, San
José, la Virgen del Carmen, Santa Rita, un Nazareno...),
mientras que en su exterior, de líneas muy sencillas,
destaca un zócalo de piedra, que ennoblece el edificio,
y su torre campanario de tres cuerpos y cerrada con un tejado
de cuatro caras.Otro edificio destacado del pueblo y del
que sus vecinos se muestran muy orgullosos es el convento
de Madre Petra, cuya parte más moderna ha sido convertida
en residencia de ancianos. La zona antigua y más
noble ha sido destinada a conservar los aposentos y enseres
de la fundadora.
Aunque de construcción reciente –la obra finalizó
en 1954-, la ermita del Cristo de la Sierra, situada en
la parte más alta del Valle de Abdalajís,
goza de gran popularidad entre los vecinos de este pueblo,
muy devotos del Cristo de la Sierra. Su sencilla estructura,
rematada con una espadaña al uso tradicional, contrasta
con el espectacular paisaje que se domina desde el contiguo
mirador del Gangarro.
La
Peana no es un monumento sino una pieza arqueológica
con un rango especial, al menos para los valletanos. Se
trata del pedestal de una estatua con una inscripción
dedicada a Trajano que se hallaba en la antigua ciudad de
Nescania. Esta destacada pieza arqueológica, fechada
en el año 104, fue transportada a Antequera en 1585
por el corregidor Juan Porcel de Peralto, para ser incluida
en la colección arqueológica que figuraba
en el Arco de los Gigantes de esa ciudad. Felizmente rescatada
para el Valle de Abdalajís, hoy se ubica en un lugar
preferente de la plaza de San Lorenzo.
Cómo Llegar:
Hay que partir de Málaga capital, a donde se llega
desde cualquier punto de la Costa del Sol por la autovía
del Mediterráneo (A-7; N-340) y enlazar con la autovía
A-45 dirección Antequera. Es preciso adentrarse en
esta ciudad y buscar la salida hacia El Torcal por la A-343,
que está perfectamente señalizada. Pero en
lugar de continuar hacia este parque natural, hay que seguir
por la A-343, y tras recorrer 18 kilómetros se llega
al Valle de Abdalajís.
Datos
de Interés:
Superficie: 21,20 Km2
Número de habitantes: unos 3.000
Gentilicio: vallesteros
Visitas Destacadas: Antigua Posada, Palacio de los Condes
de Corbos, parroquia de San Lorenzo, convento de Madre Petra,
ermita del Cristo de la Sierra, la Peana
Situación Geográfica: al sur de la comarca
de Antequera, en el límite con la del Valle del Guadalhorce.
La localidad se encuentra a 340 metros de altitud sobre
el nivel del mar y dista unos 50 kilómetros de Málaga.
La zona registra una precipitación media de 600 l/m2
y la temperatura media anual es de 14,4º C
Información Turística: Ayuntamiento, C/ Alameda,
2 (29240). Tlf: 952 489 100; Fax: 952 489 164.
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